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20 marzo 2026, 16:50 PM | Actualizado | Chile
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Zafari

“Zafari” de Mariana Rondón (2025): Los juegos del hambre

Los pilares narrativos de «Zafari» (2024) son dos: la figura del voyeur y el habitar un complejo de departamentos. Sobre estos cimientos se emplaza la historia de Ana (Daniela Ramírez, ganadora a la Mejor Interpretación en Cine Chileno en Sanfic 2025) y Édgar (Francisco Denis), una pareja que se pasa pendiente de los movimientos al frente de su edificio, vigilando que los vecinos contratados para cuidar a la nueva adquisición del zoológico bizarramente plantado al medio —un hipopótamo— no vayan a acelerar la degradación de la escasa de paz que les resta, en un contexto de crisis semiapocalíptica. Así, la más reciente película de Mariana Rondón ofrece nuevas aplicaciones de recursos con historial cinematográfico, incorporándolos en un universo de rasgos distópicos y brisas de realismo mágico.

El voyeur como dispositivo narrativo

Mientras que en «La ventana indiscreta» (1954), un lesionado James Stewart pasa el tiempo mirando a sus vecinos desde el lente de su cámara fotográfica hasta descubrir un posible crimen, en «La vida de los otros» (2006), Ulrich Mühe es un agente de la policía secreta de la RDA que escucha la rutina doméstica de un escritor opositor y su novia. En ambos entendemos que espiar la vida ajena es un ejercicio bastante morboso y, como recurso narrativo, implica una doble herramienta: expone tanto lo que está siendo espiado como a quien lo está perpetrando.

En la cinta de Alfred Hitchcock conocemos el carácter observacional obsesivo de Stewart, quien se envicia con su sospecha mientras descuida su relación amorosa. Por su parte, en la de Florian Henckel von Donnersmarck, se nos revela el mísero mundo de Mühe, cuyo único acercamiento a la virtud de vivir es a través de sus escuchas ilícitas. Sin perjuicio de las circunstancias particulares de cada caso, el entramado de capas es vehículo de intriga y motor de revelaciones.

Por otro lado, títulos de terror como «El bebé de Rosemary» (1968) y «Dark water» (2002) emplazan su argumento dentro de los bordes de un sitio habitacional concreto, limitación física que contribuye a una sensación de claustrofobia dentro y fuera de la diégesis, además de, como «El Resplandor» (1980), extenderse a la mente hasta desencadenar un espiral hacia la locura.

A propósito de locura, esta coproducción múltiple de Brasil, Chile, Francia, México, Perú, República Dominicana y Venezuela, «Zafari» arma un paralelismo entre el confinamiento material y psicológico de sus personajes, que los deja en riesgo de rendirse ante la “bestialidad” representada en aquello que vigilan. Esto es porque se subentiende que Ana, Édgar y su hijo adolescente vendrían siendo una familia de clase media-alta que no está acostumbrada a compartir espacios con gente de procedencia y costumbres diferentes. Es decir, pobres. Y si se subentiende es porque no está explícito, sino que se asume por nociones manchadas de prejuicio: los protagonistas tienen la tez más clara y su comportamiento es más compuesto.

Distopía latinoamericana y lectura política

El tratamiento implícito es transversal en los elementos. Según esta lógica es que, aparte del asunto de clase, se puede suponer que la situación a maltraer de los personajes es una analogía a la coyuntura en Venezuela, país de origen de la directora. Víctimas de desabastecimiento y un futuro inviable, el matrimonio persiste a punta de la esperanza de emigrar que solo se torna más esquiva en un panorama desolado que se deteriora con la irrupción de estos extraños que, en vez de aspirar al exilio, parecen resignados a lo que les ha tocado y sobreviven con esas migajas. De este modo, la presencia del zoológico viene a encarnar el punto medio entre ambos bandos, esa zona gris donde se mimetizan con las criaturas que le habitan, siendo el hipopótamo, demasiado llamativo en un contexto de hambre monumental, la carnada desencadenante.

Con influencia de la novela Rascacielos (1975), «Zafari» somete a una vecindad a un diario vivir extraño, incómodo y desamparado, poniendo a prueba la resistencia del elástico que sostiene su cordura. A diferencia de «Zona de interés» (2023), donde la brutalidad radica en esta coexistencia sin contacto, Rondón entremezcla las piezas en el marco de un paisaje estereotípicamente latinoamericano para sondear la incómoda hipótesis de que, tal vez, la barrera de las apariencias pierde fuerza ante la esencia animalística y que solo basta un desequilibrio en el orden para que el humano caiga en la barbarie.

¡Revisa el trailer de «Zafari»!

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