“Akira” de Katsuhiro Ôtomo (1988): La ciudad del futuro
“Akira” (1988) inicia con la imagen de un trauma: una explosión sobre Tokyo, un rastro pálido que borra la ciudad. No hace falta ser demasiado entendido para rastrear la referencia. 1945: Hiroshima y Nagasaki, el hongo atómico elevándose más allá en el cielo. Si volvemos a esa imagen es para contextualizar un relato. El inicio encierra otro golpe: “Akira” nos empuja hacia el futuro. La destruida Tokyo ha renacido bajo el nombre de Neo-Tokyo. Una megalópolis que exuda todos los optimismos y pesadillas de la historia japonesa. Es el futuro-futuro. High-tech. Una distopía magnificada y dominada por un estado de terror, un crimen al alza, una auténtica precariedad al borde del apocalipsis social. Mientras sus edificios se alzan hasta cubrir el horizonte y en sus entrañas aparece el principio de un renacimiento, uno que lleve a la humanidad al siguiente paso en la evolución.
Neo-Tokyo es Akira; quien ve la ciudad, ve la película, y todo lo importante ocurre en sus calles y autopistas, todo lo endemoniadamente espectacular y todo lo que hace grandioso, en un sentido literal, a sus planos acontece a la vista de sus ojos.
La trama es relativamente sencilla y reconocible para cualquier adepto del manga-anime y la ciencia ficción. Hay unos héroes que se ven envueltos en una serie de experimentos ultrasecretos. Sus enemigos son militares; ellos son rebeldes. Y entre uno y otro hay una figura neutral, ni moralmente buena ni mala, ni política ni social, sino una que está un tanto más allá del dilema pragmático. Es la conexión metafísica: es el ser todopoderoso que se identifica como Akira, pero que se encarna puntualmente en Tetsuo, “hermano” de Kaneda, el gran protagonista. También está Kei y el Coronel: la revolucionaria y el militar, interés amoroso y antagonista principal del drama. Neo-Tokyo al fondo, erigiéndose como el paradigma de la ciudad cyberpunk. No solo un espacio, sino también su propio personaje.
Neo-Tokyo: sin principio ni fin
La película se divide en dos espacios: externos e internos. Lo que ocurre en la primera pertenece al dominio de lo espectacular; es el uso habitual de los planos generales y el detallismo obsesivo. En una ciudad infinita. Todo ocurre: la revolución y el crimen, pero también la religión y la política. Podemos ver desde pandilleros hasta policías, guerrilleros y militares. Un culto que anuncia la llegada de un nuevo dios. Y, sobre todo, el registro del espectáculo: persecuciones, explosiones, tiroteos y la inmensa batalla final para determinar la supervivencia de la ciudad.
Neo-Tokyo abruma, convierte a sus personajes en meras sustracciones de su espacio mientras pasean por sus calles, cada una dejada a un estado de abandono maximalista. En un momento vemos una escuela cuasi abandonada, rayada y derruida hasta extremos inconcebibles que, sin embargo, sigue ocupándose. Neo-Tokyo no tiene fin ni principio: el gran cráter de su destrucción sigue presente, como adorno, de su pasado.
Al contrario, es en los interiores donde los personajes recogen la mayor cantidad de exposición para esclarecer acontecimientos y sucesos mientras terminan de desarrollar sus relaciones e identidades. Incluso ingresando a un dominio interno más profundo: el de la propia cabeza con las ensoñaciones y proyecciones de Tetsuo. Por supuesto, el registro es muy distinto: son habitaciones, celdas o salas de laboratorio.Instalaciones secretas o salas de reuniones.
¿Qué es la vida dentro de Neo-Tokyo? Nada parece precisamente refinado; está lleno de tubos, de tonos sombríos, de un diseño industrial. Puede haberse reconstruido y superado a la Tokyo pasada, pero carece de cualquier aspecto humano, de cualquier zona verde. Nadie debería vivir ahí. En un momento se preguntan si pueden salvar la ciudad, como si se tratara de un ente viviente con su propio corazón, una celda especial que contiene al ente todopoderoso conocido como Akira. La ciudad se alza, pero también baja metros en la profundidad de la tierra; reúne el gran espacio de la elite y el basural contaminado de las clases bajas. Todo coexiste en Neo-Tokyo. Solo se tiene subir o bajar.
Hablamos de una verticalidad literal y figurativa. No solo los grandes edificios o subterráneos, sino también las dimensiones sociales y políticas que engloba: pandilleros que se convierten en dioses, niños que son ancianos, seres todopoderosos que deben residir a la sombra, ciencia que se convierte en religión, el gueto y los grandes espacios de sofisticación tecnológica; Akira va de arriba abajo y viceversa constantemente. Ocupándose de condensar todas las temáticas y pensamientos que pasaban por Japón en los 80.
La elección de la iconología no es azarosa. La invocación del trauma no existe sin su consiguiente reflexión, pero Akira nunca acaba por desarrollarla como lo haría en el manga, pues, aún faltaban dos años para que Katsuhiro Otomo lo termine. En cambio, contenido como está, la tangente de temáticas y discursos pueden producir una vorágine de reflexiones. Cada una podría ser su propia película y hasta cierto punto lo termina siendo: la relación humano/máquina y espíritu en “Ghost in the Shell” (1995), o la política e historia nipona en “Jin-Roh” (1999). Akira se anticipa a todas y las reproduce en el vértice de su ciudad; Neo-Tokyo también resulta ser Japón, proyectando las dudas y miedos de su pasado y presente.
Una ciudad puede ser un país, pero cada ciudad tiene sus límites ¿acaso por eso asciende la humanidad al infinito? No solo para superarse, sino para asegurar su supervivencia, aunque ello implique recrear un horror. Hacia el final Neo-Tokyo se convierte en un campo de juegos; es destruida y superada por la llegada de un ente todopoderoso. Su purificación final la deja en un peor estado que el anterior ¿acaso los dioses no se han cansado de castigar un país? Parece que no, y en todo caso, uno se pregunta si ese mañana pronosticado en las estrellas es para recuperar un poco de la esperanza, o asegurar, definitivamente, su perdición.