“Warfare” de Alex Garland y Ray Mendoza (2025): Horror Crudo
El primer plano de “Warfare” pareciera ser una declaración del engaño; una imagen anodina, camuflada como si fuera la adopción de un formato; la vibración rítmica de una música alegre, de cuerpos calientes y sexualizados. Un grupo de soldados festivos que bailan al son de “Call on Me” de Eric Prydz. Si conocemos el cine bélico, rastrear a donde apunta la ironía es sencillo: la felicidad los arrastrara hasta el infierno, pero en realidad, entre toda la apariencia que exhibe este apunte (real si creemos en los objetivos planteados por Garland y Mendoza), se haya una verdad que el desarrollo de la película confirma. Este es un filme de cuerpos y sensaciones. Nada más, nada menos.
La guerra es una línea contextual al inicio del filme; un escenario demarcado por la memoria y su necesidad de representarla fidedignamente. Podría ocurrir en Francia, 1944, o mejor aún, en Vietnam, 1968. En realidad, no importa si esto es Irak o Afganistán o algún otro país condenado en Oriente Medio y Próximo; “Warfare” se ocupa de lo microscópico y olvida la historia. Su relato es una anécdota sin trama y carente de personajes. Lo único que importa, y, a decir verdad, lo único que prevalece, incluso en el horror, es el movimiento.
El relato se resume en tres partes: un escuadrón de soldados ocupa una casa, ocurre un incidente, y son obligados a tomar refugio en ella mientras se defienden del ataque. La información que necesitan está en el texto inicial; la película no proveerá nada más en la siguiente hora y media. El sonido articula tres actos muy constituidos y diferenciados: el primero, particularmente silencioso y cáustico, se apoya en los detalles que integran la puesta en escena. El segundo particularmente tenso, como puente entre la tranquilidad y el despliegue de horrores bélicos de la tercera parte, y, por tanto, el tercero: la acción entendida como está catarsis de miedos y expectaciones. El ruido toma protagonismo ya sea como disparos o gritos u órdenes de avance y ataque.
Soldados moviéndose, caras sudadas, la respiración agitada por una ráfaga de ametralladoras. Montaje rápido y un cambio de cámara en mano y cámara fija para agilizar un dinamismo de imágenes ¿biografía? No hay ¿melodrama? Ninguno se pondrá a llorar ¿patria? Mucho menos. Estos son soldados americanos, tan dados a las elegías personales, pero aquí nadie va ser un héroe. Nadie saldrá de la accidentada operación imbuido en un crecimiento personal y mil medallas; «Warfare» es esto: una casa, unos cuantos heridos. Tensión cruda. Sin discursos inspiradores ni reflexiones sosegadas ni confesiones personales. Por no haber, diría que no hay siquiera mucha diversión en la forma de un combate intenso (intensidad hay de sobra, pero no hay acción como en «Black Hawk Down«) o conversaciones amenas que se intercalan y preceden golpes de violencia (tan comunes en una película como «Salvando al Soldado Ryan«).
Por supuesto, tampoco hay discursos más allá de la manida (aunque necesaria quizás) representación de la violencia. Si la guerra es horrible, Alex Garland y Ray Mendoza deciden confirmar la suposición con planos muy gráficos a heridas abiertas. Si a alguien no le queda claro, ponen a un hombre a gritar de dolor. Y si por algún motivo, alguien todavía no es creyente de esta espiral nihilista llamada guerra, entonces ponen a DOS hombres a gritar de dolor. Horror crudo. Carne sanguinolenta que invoca el terror siniestro de la mutilación y un estado de desorientación que se agudiza por el contraste tan férreo entre los gritos y una imagen desenfocada y, en ocasiones, insonorizada.
A esto Garland también le añade una ralentización como haría en “Civil War”, unificando el cuerpo y la imagen en una sola. La cámara está para representar el horror sensorial que experimenta el soldado. La guerra es body-horror: temor a quedarse sin piernas, sin brazos. A morir claro, pero morir con tus tripas desparramadas en el piso y tu rostro convertido en una masa rojiza entre el pavimento y la pólvora. Me pregunto cómo sería un plano mutilado y una cámara cortada a trozos.
Ahí también termina “Warfare”. Sin cometidas de spoilers; una frase de más es resolver y revelar todo el filme, tan corto como es, en duración y elementos. Pero si hay algo único, aparte de su particular afición a recolectar el sucedo paso a paso, o quizá por ello, es que estamos ante el primer filme bélico genuinamente apolítico.
Carente de cualquier estamento o interpretación; el filme en estado puro. El cuerpo está ahí. Todo lo demás son sensaciones. Inclusive si la presencia de los iraquíes, civiles y soldados, pueda confundir, lo cierto es que cumplen un rol compositivo. Están para rellenar un espacio tanto físico como representativo. Seguramente, porque integran las memorias en las que basan la película y si la pretensión es la realidad, entonces no había manera de obviarlos, aunque aporten poco y nada a un relato ya sumamente minimalista. Salvo claro, de confirmar una vez más que en el retrato americano no hay espacio, ni siquiera el que se pretende crítico con el conflicto, para el enemigo.