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02 julio 2026, 13:55 PM | Actualizado | Chile
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Ramón Gálvez, actor de «Matapanki» (2025): “El mundo punk es más que tomar y hacerse el choro: es comunidad”

Ramón Gálvez estudió actuación en la Universidad Finis Terrae y egresó en 2024. Aunque “Matapanki” (2025) fue su primera aparición en un largometraje y primer papel protagónico de su carrera de su carrera, su vínculo con la actuación audiovisual comenzó algunos años antes. En plena pandemia, empezó a preguntarse si su interés por ver películas también podía transformarse en un trabajo; así fue como comenzó a analizar esas posibilidades, realizando cursos de actuación frente a cámara, postulando a castings y llevando a cabo sus primeras actuaciones audiovisuales en cortometrajes universitarios alrededor del 2021.

Su llegada a “Matapanki” fue casi accidental: un llamado a casting que buscaba personas vinculadas al mundo punk apareció varias veces en sus redes sociales hasta que, motivado por su corta relación con el mundo del punk, decidió postular. Lo que en un principio parecía una convocatoria más terminó convirtiéndose en su primer largometraje y en uno de los papeles más comentados del reciente cine chileno. En la película, dirigida por Diego “Mapache” Fuentes, Ramón interpreta a Ricardo, un personaje atravesado por la rabia, la ternura, la precariedad y una profunda relación con su entorno.

“Matapanki” se mueve entre la energía del punk, el cine de acción, la sátira social y una sensibilidad profundamente juvenil. En su universo en blanco y negro, de textura granosa, la película construye una experiencia que dialoga con la frustración de una generación y las ganas de crear, resistir y encontrar refugio en los vínculos. Para Gálvez, parte importante del trabajo estuvo en comprender que Ricardo no era solo un joven punk enojado con el sistema, sino también alguien que cuida, que ama y que encuentra en sus amigas y amigos una forma de familia.

En Bitácora de Cine conversamos con Ramón Gálvez sobre su llegada al proyecto, la construcción de su personaje Ricardo, las exigencias físicas y emocionales del rodaje de una película de acción, el vínculo de “Matapanki” con el mundo punk y las preguntas que la película abre sobre la academia, la actuación audiovisual y las posibilidades de crear desde los márgenes.

— ¿Cómo llegaste al casting de “Matapanki” y cómo fue el trabajo de prepararte para ese proceso?

“A mí me apareció el llamado al casting, pero decía algo así como “gente relacionada al mundo punk”. No especificaba que era para una película, ni de qué trataba. Y yo en el colegio tuve una etapa media punk y todo, pero dije “no, filo, no voy a postular”. Pero me apareció tantas veces, que fue como “ya, filo, voy a mandar mis datos a ver qué sale”. Después me mandaron la ubicación del casting, allá en la Universidad del Desarrollo, en San Carlos de Apoquindo. Me mandaron el correo explicándome cómo llegar: “tú llegas hasta este metro, tomas esta micro y vas a llegar bien”.

Yo revisé Google Maps para calcular cuánto me demoraba y, según la app, me demoraba diez minutos menos que el recorrido que me habían dicho los chiquillos. Entonces yo confiado comencé mi gran recorrido, sin pensar que Maps no toma en cuenta la hora punta. Entonces llegué media hora tarde.

Llegué y dije un chamullo que ya ni me acuerdo, algo como “no, es que la micro tomó un desvío”. Mentira. Nadie me creyó tampoco. Llegué media hora tarde, a lo rockstar. Y para más remate, era la última persona. Entonces en ese momento llegué resignado, porque llegar tarde a un casting es como llegar tarde a una entrevista de trabajo. Así que ahí me solté y me relajé y me dije, sabiendo que no quedaría por irresponsable: “lo voy a dar todo igual para quedarme tranquilo”; prefería quedarme con la certeza de eso en vez de pensar que quizá me quedó grande el poncho.

Y yo creo que, irónicamente, me ayudó llegar tarde. Porque me relajé y pensé: voy a jugar nomás. En ese casting salieron varias cosas que luego se quedaron en la película y con el personaje. Por ejemplo, la Mademoiselle antes no tenía nombre, y en el casting yo le dije así como “chao, Mademoiselle”, y quedó como Mademoiselle.”

— Cuando ya sabías que ibas a participar en la película, ¿cómo fue ese momento en que te avisaron? Y, a partir de eso, ¿cómo fue la construcción de Ricardo?

“Mira, igual fue un poco anticlimático cuando me dijeron que quedé. Me llamaron para una prueba de cámara, como un ejercicio escénico que tenían que mandar por la Universidad. Y claro, fue una jornada larguísima, como de doce horas. Durante el rodaje nos decían: “ya, chiquillos, acá ninguno de ustedes tiene asegurado que quede, así que hagan su pega nomás”. Éramos los tres del elenco original, pero Mapache, el director de la película, nos decía: “no se confíen, todavía no saben si quedaron”.

Terminó esa jornada y estábamos todos en modo automático. Entonces Mapache nos dice: “chiquillos, necesito hablar con ustedes”. Y nosotros ya como: “¿qué más?, ¿qué más querís?”. Y ahí nos dice: “chiquillos, en verdad ustedes ya habían quedado seleccionados al principio, los estábamos molestando solamente”. Estábamos tan cansados que fue como: “buena, bacán, qué rico, ya está”. No fue una explosión de alegría, fue más una sensación de alivio. Fue como: “ah, buena, bacán… ¿me puedo ir a mi casa?”. Y claro, al día siguiente fue como: “chuta, quedé en una película”. Como, guau.

Para prepararme para el papel de Ricardo me propuse un ejercicio: tratar de leerme el guion una vez por semana para entenderlo. Al final terminó siendo como una vez cada dos semanas. Y bueno, igual me ayudó harto tener experiencias relacionadas con el mundo punk, con la escena punk, en mi propia biografía. Porque yo en la media, como mencioné, tuve un momento punk. Igual fue una etapa que duró muy poco, como tres o cuatro meses. Pero yo tuve un profe punk, que de hecho el otro día fue a ver “Matapanki”. Y también conocí a unos cabros cuando estaba en tercero medio y ellos ya habían salido del colegio. Entonces con ellos fui a un par de tocatas, en Quilicura más encima, porque yo vivo al lado.

Y claro, entendía mucho esa idea del contraste que quiere mostrar un poco la película, que en verdad no es tan contraste para la gente que está dentro de la escena. Porque está esta idea de la rebeldía, de ir a tocar, tomar, mochar y hacerse el choro, pero en verdad el mundo punk es más que eso: es la comunidad, es tu círculo que te cuida. Y eso es lo que se muestra en la película: la relación con su amigo, el hecho de que Ricardo cuida a su abuelita y que es como el único familiar que tiene.”

— Para ti, como actor, ¿cuál fue la parte más desafiante del trabajo en esta película? Considerando que fue tu primer largometraje, con grabaciones de noche, escenas muy físicas y momentos emocionalmente intensos.

“No sé, siento que todo tuvo su grado de dificultad. Lo más chocante para mí durante la grabación fue el tema de las jornadas. Como este es mi primer largometraje, yo nunca había grabado más de cuatro jornadas seguidas. Entonces pasar de tres jornadas en promedio a hacer dieciocho fue un desgaste mental no menor. Terminó la primera semana de rodaje, que fueron cinco jornadas, y era de esos momentos en que no te daba ni para recargar energía. Y yo el quinto día estaba agotadísimo, pero no en el sentido de no querer grabar o no querer hacer arte, porque eso me encanta, sino de estar agotado de estar ahí metido diez horas o más. Entonces es un agotamiento tanto físico como mental que no es menor.

Además, el personaje tiene escenas duras, en las que grita mucho, corre mucho y vive cosas muy fuertes. Ahí también hubo mucho cuidado del equipo con los actores. Por ejemplo, las escenas exigentes, como el grito en el hospital, no las grabé más de tres veces. Mapache siempre fue muy cuidadoso en eso. Me iba preparando antes. Me decía cosas como: “en la próxima escena vas a tener que gritar, anda haciendo el calentamiento, anda mentalizándote”.

Y antes de grabar también era lo mismo: “hermano, acuérdate que vamos a hacer esto, esto, esto… ya, acción”. Grito, corte. “Ya, hermano, ahora necesito que le des más”. Y ya la tercera vez era como: “hermano, no quiero hacer más tomas, así que vas a tener que darlo todo para que esto no te deje tan agotado”.

Entonces era como: “ya, vamos, piensa en esta referencia de “Neon Genesis Evangelion” y toda la cuestión, ya, ok”. Y así fue en la mayoría de las escenas que se notan exigentes: hubo mucho cuidado detrás para no sobrecargar a los actores. Eso no le quita la exigencia, pero lo hizo mucho más ameno. Y además en las escenas de las tocatas, por ejemplo, tenían que salir más naturales, no podían volverse algo mecánico.”

— La película tiene muchas coreografías y secuencias físicas. ¿Cómo fue esa preparación corporal para enfrentarte a un trabajo de película de acción?

“Ahí quiero darle de nuevo las gracias al equipo, porque los chiquillos nos pagaron unas clases de lucha libre para poder entender esas secuencias de acción. También había un coordinador de stunts, Alfredo Tello, que fue el encargado de las coreografías. Ahí entendimos cómo mover el cuerpo, cómo recibir un golpe. Además, mientras el equipo ajustaba las pruebas de cámara, aprovechamos para ensayar las coreografías. Entonces cuando ya venían las tomas reales, las que iban a quedar en la película, ya estaban un poco más trabajadas.

Y también teníamos mucha libertad creativa. A varios de nosotros nos gustan mucho las películas de acción, entonces salían muchas referencias a “Ip Man”, “Hunter x Hunter”, entre varias otras cosas que nos gustaban a todos. Igual las coreografías eran mucho más largas originalmente, y eso me llamó mucho la atención cuando vi la película. Yo no la había visto hasta FICValdivia, y claro, recordaba esas secuencias y pensaba: “en todas las secuencias de la película, la mayoría duraban el doble”. Era una película de tres horas en mi cabeza. Así que, ¿versión extendida de “Matapankí”, uno nunca sabe.”

— Cuando estaban grabando la película, o cuando la terminaron, ¿pensaste que iba a tener el impacto que tuvo y está teniendo? ¿Cómo fue vivir ese primer encuentro con el público en FICValdivia?

“No, fue realmente surreal. “Matapanki” la grabamos en 2023 y después vino todo el proceso de posproducción. Aunque la película nunca se puso en pausa, igual fue un poco frustrante para mí, porque pasé todo 2024, que era mi último año de carrera, pensando en cuándo se iba a estrenar. De repente el Mapache me decía: “la película se ganó este fondo”, “va bien”, “va por buen puerto”, pero yo tampoco quería preguntar mucho porque me daba ansiedad saber en qué estado estaba.

Me acuerdo de que en un ejercicio de escritura de mi egreso nos preguntaron cuáles eran nuestros mayores miedos, y yo dije: “mi mayor miedo, al menos ahora, es que no se estrene “Matapanki”. Por todo el esfuerzo, por la película en sí misma y por lo que significaba. Igual es una película que no se suele ver tanto: en blanco y negro, con escenas de pelea, muy underground en su escena. Entonces era como: “chuta, no sé qué va a pasar”.

Cuando me confirmaron que se iba a estrenar en Valdivia, mi meta fue juntar plata para ir. La película se estrenaba el martes, el segundo día del festival, y yo estaba tranquilo hasta como media hora antes. Había ido a ver otra película en la UACh, pero de pronto me cayó encima: “conchetumare, estrenamos en media hora”. Ahí ya no vi nada más, me quedé pegado mirando la hora. Pedimos un Uber y en eso los chiquillos mandan una foto de la fila, que daba vuelta a la manzana. Más encima como dos veces. Fue como: “¿qué es esto?, ¿qué está pasando?”.

Lo más raro era que la película ni siquiera había tenido tanta difusión como para que llegara tanta gente. Tuvieron que conseguir fichas del Aula Magna porque estaba la embarrada en la fila, con gente peleándose por entrar. Después se llenó la sala y fue como: “chuta, bueno, así supongo que es estrenar una película”. Y la gente empezó a reaccionar: se caían de la risa, aplaudían en medio de la función, y nosotros nos mirábamos entre los cabros como diciendo: “¿qué está pasando?”.

Después vino la ovación, los aplausos, que duraron harto, y fue todo muy surreal. Pero ya aterrizando fue como: “ya, le gustó a la gente, bacán”. Al final, cuando uno hace una pieza de arte, la hace desde el corazón, y qué bonito que a la gente le guste. Terminó el conversatorio, yo estaba juntando mis cosas para salir, abro la puerta de la sala y me encuentro con un montón de gente con el afiche de la película y un plumón, pidiéndome autógrafos.

Y yo quedé congelado. Pensaba: “¿qué es esto?, ¿cómo firmo?, ¿cuál es mi autógrafo?, ¿la firma del Registro Civil?”. Ahí me cayó la teja de que la gente realmente quería mi autógrafo. Empecé a firmar, de repente el plumón fallaba y eso me ponía más nervioso. Ahora me acuerdo y me da risa, porque fue muy extraño: yo venía a ver mi película no más.”

— ¿Qué crees que hace que Ricardo, y en general los personajes de la película, conecten tanto con el público, especialmente con los jóvenes?

“La mayoría de la gente que fue a verla en Valdivia y al día de hoy, luego de su estreno en salas, son estudiantes, gente joven, lolos. Creo que no están tan lejos de esa rabia adolescente que retrata la película, de esa frustración que uno a veces siente con el sistema. En los créditos hay una dedicatoria que siempre me hace un nudo en la garganta: “Dedicado a todo aquel que alguna vez se sintió preso de este sistema”. Y siento que “Matapanki” es justamente eso: un grito interno que logra salir y, en este caso, termina vomitado en una pantalla de cine.

Creo que la mayoría de las personas, más allá de las distintas tendencias políticas que aparecen en la película, han sentido alguna vez esa rabia o esa frustración de no poder acceder a algo, o de ver a sus papás preocupados por llegar a fin de mes, por una enfermedad que los dejó sin plata. Todas esas sensaciones están retratadas ahí, obviamente de forma muy satirizada, como con las personas que desaparecen en el sistema de salud, pero el fondo es eso: la frustración, la corrupción de las instituciones y la violencia de un sistema que muchas veces se vuelve contra su propia gente.

También creo que la película conecta desde un lugar creativo. En la academia uno, incluso inconscientemente, tiende a hacer cosas para la nota: no necesariamente porque quiera solo pasar el ramo, sino porque sabe que ciertos temas o tratamientos pueden ser mejor recibidos. Y aparece «Matapankí» (2026), que es una película de egreso de la Universidad del Desarrollo, con ese granulado, ese blanco y negro saturado, esa textura casi de fotocopia, y te dice: “esto se puede”. Y no solo se puede, también se puede hacer desde un espacio universitario.

Eso me parece muy inspirador. De repente la academia mata un poco la pasión, y que venga una película como esta a ponerse rebelde frente a ese miedo puede inspirar a otras personas a hacer las cosas que realmente quieren, independiente de la nota. Porque, sobre todo en el arte, ¿cómo puedes evaluar objetivamente algo tan subjetivo? Si quieres hacer cine de peleas, si tus referentes son “Tetsuo: The Iron Man”, “Electric Dragon 80.000 V» o “Mirageman”, esta película te muestra que puedes hacerlo.

Yo diría que hay que quitarse un poco el miedo a la academia, siempre que tengas una base creativa segura. Mientras más referentes tengas, más seguro te vas a sentir de tus propios gustos, porque vas a tener más de dónde agarrarte cuando quieras crear algo. No necesitai ser un viejo choto de 80 años, con 200 películas, para hacer algo innovador.”

— En ese momento estabas estudiando actuación, entraste a “Matapanki”, terminaste la película, luego la universidad y recién después vino el estreno. ¿Cómo fue vivir ese contraste entre tu formación académica y una experiencia audiovisual tan importante para tu carrera?

“Sí, fue en ese orden. Y hay un detalle que no he aclarado mucho, no porque lo esté ocultando, sino porque simplemente no sale tanto: en el momento en que me dijeron que había quedado seleccionado para “Matapanki”, yo había reprobado ese semestre de la universidad.

Fue muy raro el contraste, y creo que eso también reforzó ciertas preguntas que yo tenía sobre la academia. En ese momento estaba haciendo mucho audiovisual y la universidad ya no me estaba gustando tanto, entonces me empecé a descuidar. Yo tenía el compromiso conmigo mismo de terminar la carrera de actuación, pero también estaba desmotivado. Cuando ya tenía que subirme al barco para poder pasar, era muy tarde: los procesos ya estaban muy sistematizados, la obra estaba muy estructurada y cualquier cosa que yo quisiera proponer más ensuciaba que aportaba.

Igual no congelé por porfiado, no fue de terco nomás. Yo sabía que probablemente no iba a aprobar, pero quería intentarlo igual. Era como: voy a intentarlo, 99 de fe y 1 de probabilidad. Hablo desde mi experiencia, pero sí creo que muchas escuelas de teatro tienen un enfoque más tradicional, más volcado al teatro. Y tiene sentido, porque son justamente escuelas de teatro. Si quieres algo más enfocado en cámara, generalmente tienes que tomar cursos aparte. No hay algo realmente híbrido donde vayas aprendiendo teatro al mismo tiempo que audiovisual.

De hecho, incluso en algunas escuelas se mira medio mal cuando uno está haciendo proyectos audiovisuales por fuera. Me acuerdo de que en primer año varios decían cosas como: “a mí me interesaría participar en una película en algún momento”, y los profesores te miraban feo, como diciendo: “¿ustedes de verdad creen que entraron a estudiar acá para estar en teleseries?”. Y esa misma experiencia la han vivido personas de otras escuelas también. Entonces es muy raro ese desprecio que a veces se le tiene al audiovisual, siendo que igual es trabajo.”

— En un momento donde el audiovisual está en todas partes, ¿dónde queda la academia para quienes entran a estudiar teatro pero quieren hacer cine? ¿Qué les dirías a las nuevas generaciones de actores audiovisuales?

“Mira, pasa algo muy curioso con la universidad. Porque al mismo tiempo que desmerecen el trabajo audiovisual —cine, teleseries, etc.—, también en primer año te dicen: “¿usted entró acá a estudiar teatro? Pero puede dedicarse a mil cosas”. Y te empiezan a nombrar otras áreas: dirección de arte, dramaturgia, dirección teatral, doblaje. Incluso a veces mencionan actuar frente a cámara o hacer comerciales. Entonces es como: ya, pero decídete.

Es tan paradójico que termina siendo confuso. Pero ahí depende de cada uno. Como consejo para las nuevas generaciones que quieran ser actores audiovisuales: yo no te voy a decir que perdí el tiempo en la universidad, para nada. O sea, de ninguna manera habría aprendido en tres meses de una escuela de audiovisual lo que aprendí en cuatro o cinco años de carrera. De hecho, yo noto la diferencia entre la gente que solamente ha tomado cursos de actuación audiovisual y la gente que actúa en audiovisual, pero que estudió en una academia más de teatro. Porque al fin y al cabo el teatro es la base. La base de todo.

Entonces no puedo desmerecer la academia. Pero a las nuevas generaciones sí les diría: si quieren hacer cine, si quieren hacer teatro, ok, denle, háganlo. Pero no se lo digan a nadie en la escuela, porque en verdad te van a desmotivar. Y muchas veces simplemente van a estar proyectando frustraciones propias. Y te lo digo yo, que estudié actuación y ahora estoy con una película. El trabajo va a ser igual de frustrante e ingrato a veces, pero si sabes a qué te quieres dedicar, haz lo tuyo. Si quieres hacer proyectos audiovisuales fuera de la escuela y podís hacer convivir ambas cosas, bacán. Pero no hay que desmotivarse por las proyecciones de otras personas.”

Actualmente, “Matapankí” (2025) de Diego “Mapache” Fuentes continúa consolidando un recorrido poco habitual para una película de egreso. Tras su paso por FICValdivia, donde obtuvo los premios a Mejor Película Chilena y Mejor Largometraje Juvenil, la película también fue reconocida internacionalmente con una Mención Especial del Jurado en la categoría Generation 14+ del Festival Internacional de Cine de Berlín. 

Su estreno en salas chilenas fue posible gracias al Fondo Audiovisual de Distribución y al apoyo de la Universidad del Desarrollo, permitiendo que esta obra nacida desde un espacio universitario encontrara un camino hacia nuevos públicos, confirmando el alcance de una película que, desde el ruido, la rabia y el afecto, ha logrado instalarse como una de las propuestas más singulares del cine chileno reciente.

¡Revisa el trailer de “Matapanki”!

 

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