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07 julio 2026, 14:15 PM | Actualizado | Chile
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Cielo abierto

“Cielo abierto” (2023) de Felipe Esparza: Una meditación sobre la imagen, el tiempo y la memoria

Felipe Esparza llega al largometraje desde una trayectoria arqueológica por el ensayo audiovisual en formato corto, y lo hace desde un posicionamiento que pocas veces se habita con tal convicción, el de la imagen que piensa desde adentro permaneciendo ante aquello que filma hasta que algo adquiere legibilidad. “Cielo Abierto” (2023) dialectiza la forma y el lenguaje cinematográfico clásico sin convertir esa operación en una tesis estética. El film encuentra su propio camino desde el primer plano, estratificándose desde la hibridación con matices del cine observacional. La lentitud aparece aquí como una condición de posibilidad para la mirada. Cada plano parece mantenerse el tiempo necesario para que aquello que registra, abandone su función descriptiva y revele sedimentos de sentido que emergen principalmente en la duración y en el paisaje sonoro.

En un presente atravesado por la aceleración permanente y por la circulación incesante de imágenes, la cantera de sillar en Arequipa adquiere una presencia singular. La piedra blanca extraída del paisaje reúne las supervivencias de un territorio fragmentado por la colonialidad, los ritos de religiosidad y los oficios que en este se han desarrollado. La cámara observa con una atención que rechaza la síntesis y prefiere los planos contemplativos ante estas latencias. La permanencia frente a la piedra termina transformándose en una forma de adentrarse por medio del artificio cinematográfico, donde el plano se dilata deja de funcionar únicamente como escenario y comienza a desplegar una relación más profunda con el tiempo y la memoria.

Sobre la superficie de la piedra subviven tiempos heterogéneos. Cada marca parece recordar que la materia también conserva rastros de aquello que la atraviesa. Lo que se observa no es solamente un territorio ni un oficio. Aparece una forma particular de habitar el mundo, ligada a ritmos que difícilmente pueden separarse de la experiencia cotidiana. La pregunta por el tiempo recorre silenciosamente el film. ¿Cómo aproximarse a aquello que permanece? ¿Cómo percibir aquello que continúa actuando cuando gran parte de la experiencia contemporánea parece orientarse hacia la desaparición inmediata de los rastros? Las imágenes no responden estas preguntas, más bien, las habitan desde el propio ritmo de la película.

Desde ahí se devela el dispositivo central de la obra. Mientras un hombre esculpe la piedra en la cantera mediante herramientas manuales, otro reconstruye digitalmente imágenes religiosas en una pantalla, restituyendo con tecnología tridimensional las superficies de una iglesia. Padre e hijo. Ambos trabajan con volúmenes, texturas y proporciones. Ambos transforman la materia mediante un utillaje que requiere atención, precisión y tiempo. Aunque sus aparatos pertenezcan a momentos históricos distintos, las imágenes descubren entre ellos una continuidad inesperada. Lo ancestral y lo contemporáneo comparten un mismo campo de relaciones. La piedra y la pantalla aparecen como superficies donde la memoria permanece activa, desplazándose entre distintos soportes sin perder su potencia de legibilidad.

La transmisión de conocimientos entre generaciones atraviesa silenciosamente esta relación. Cada gesto parece contener la experiencia atesorada de quienes estuvieron antes. El tiempo largo de los oficios, la repetición cotidiana de determinadas prácticas y la permanencia de ciertos saberes configuran una experiencia ritual que difícilmente puede reducirse a la productividad o al rendimiento. En ese espacio, la duración adquiere espesor. La experiencia se sedimenta lentamente, dejando huellas que terminan formando parte de una memoria compartida. “Cielo Abierto” se aproxima a ese umbral donde los rituales todavía conservan una presencia concreta. No aparecen como ceremonias excepcionales, sino como formas de relación e instalación inscritas en la vida cotidiana, prácticas que otorgan, de algún modo, durabilidad a los vínculos entre las personas, los lugares y las cosas.

La memoria ocupa un lugar central dentro de este entramado. Circula por los espacios, permanece adherida a determinados objetos y encuentra refugio en gestos rituales mínimos que atraviesan la vida cotidiana. Ciertas ausencias continúan actuando sobre el presente sin necesidad de convertirse en relato aristotélico. El recuerdo aparece ligado a la materia, los recorridos y los lugares. La memoria deja entonces de funcionar como una evocación del pasado para convertirse en una forma concreta de habitar el presente.

Esta sensibilidad atraviesa también la aproximación al territorio. Existe un diálogo evidente con ciertas tradiciones del cine etnográfico contemporáneo, aunque desmontando varios de sus presupuestos históricos, el más evidente refiere a la cámara ya no solo como un dispositivo de registro, sino un constructo que modela desde la subjetivación, permitiendo dejar fuera la exotización del territorio y de las prácticas características de este mismo. La observación se construye desde una proximidad paciente que acompaña los ritmos propios de cada espacio. El motor creativo parece encontrarse precisamente ahí, en la aproximación a los lugares desde sus costados, en el pensar desde la imagen y el sonido antes que desde la palabra. La obra confía en la imagen para sostener la abstracción sin clausurarla, permitiendo que las relaciones emerjan gradualmente desde la propia experiencia cinematográfica.

El diseño sonoro participa de esa misma lógica. Sin banda sonora convencional, el film compone una atmósfera hecha de golpes sobre piedra, resonancias arquitectónicas, pasos sobre tierra y el crujir de un reclinatorio de una iglesia. Son acciones aparentemente menores que la duración de los planos y el paisaje sonoro permiten que sean significativas. Es así como el sonido produce una densidad sensorial donde el tiempo se vuelve casi táctil. Escuchar se transforma entonces en otra forma de observación, tan decisiva como el encuadre para la construcción de la experiencia que propone «Cielo abierto».

Permanecer, observar y esperar son los gestos rituales que atraviesan la obra de principio a fin. Frente a una experiencia contemporánea marcada por la aceleración, la transformación permanente y la dificultad de establecer vínculos con aquello que nos rodea, “Cielo Abierto” recupera otra relación con el tiempo. Confía en que las imágenes todavía son capaces de producir pensamiento cuando se les concede la duración necesaria para desplegarse. Allí radica una de las singularidades más profundas de la obra. Recupera algo que el régimen contemporáneo de las imágenes ha vuelto cada vez más difícil de mantener, la potencia de la imagen para generar desde el pensamiento reflexiones con sentido abierto, haciendo participe al espectador en el film.

Entre la piedra y la pantalla, entre las huellas postcoloniales y las tecnologías del presente, entre los gestos que transmiten y las ausencias que persisten, “Cielo Abierto” construye una forma de observación que devuelve espesor a la experiencia. Los mundos que convoca se aproximan, se rozan y permanecen juntos el tiempo suficiente para que algo se vuelva visible. El film se convierte así en un acto de confianza en la imagen y el sonido, en su capacidad de convocar la memoria sin clausurarla, de hacer visible aquello que normalmente pasa desapercibido y de producir una experiencia que continúa resonando mucho después de que terminan los créditos, como resuena la piedra cuando el martillo ya ha dejado de golpearla.

¡Revisa el trailer de «Cielo abierto»!

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