Comercial | Escríbenos a:  CONTACTO@BITACORADECINE.CL
15 junio 2026, 11:43 AM | Actualizado | Chile
Buscar...
Alpha

“Alpha” de Julia Ducournau (2025): Coming-of-age, distopía y demasiados otros

La directora y guionista francesa Julia Ducournau no se anda con sutilezas y desde el arranque de “Alpha” (2025) nos enfrenta al agridulce detalle de una pequeña inocentemente dibujando en el brazo pinchado de un drogadicto, acción que de un corte —y al compás de la sombría Roads de Portishead— nos introduce en el mundo de Alpha (Mélissa Boros), una niña preadolescente que, intoxicada en una junta de chiquillos agrandados, de alguna forma terminó prestando el brazo para ser tatuada. Como si su dudoso consentimiento no levantara suficientes alarmas, la bandera roja se pone color de hormiga en el contexto en que un bizarro virus mortal se está propagando y entonces el miedo de que la aguja la haya infectado hacen que la áspera relación entre ella y su madre soltera (Golshifteh Farahani) se torne espinosa.

Por si fuera poco, madre e hija deben lidiar con la discriminación en el colegio ya que la chica es un potencial agente de contagio, mientras la mujer es testigo de los estragos provocados por la enfermedad en el hospital donde trabaja. Es en medio de este panorama que irrumpe el tío Amin (Tahar Rahim), hermano adicto a la heroína de la madre quien ella lucha por mantener vivo con una porfía estremecedora.

Corriendo los créditos, el balance que se asoma es desafortunado: hay bastante de todo y, paradójicamente y/o por lo mismo, bastante de nada. Trauma intergeneracional, familia disfuncional, coming-of-age, vínculo madre-hija, angustia adolescente, discriminación, el flagelo de la drogadicción, surrealismo, horror corporal, pandemia, distopía, alegoría, la locura de creer que el amor puede vencer a la muerte. Dolor por todos lados; que la ansiedad, que la desesperación, que la obsesión, que la pérdida. Quizás el banquete de dos horas de ansiedad y sufrimiento sería menos engorroso si el tratamiento funcionara como dispositivo de un subtexto encaminado en vez de diseminado en múltiples posibles rutas inciertas. Porque, de lo contrario, la abrumadora superficie ingratamente corre el riesgo de fagocitar lo que pudo rescatarse debajo.

Ducournau abruma deliberadamente, convengamos. Después de “Raw” (2016) y “Titane” (2021), es correcto definir su cine como barroco, perturbador y visceral, cuya ambición propende a remover algo adentro del espectador, trascendiendo un simple me gustó o no. Alineado con el horror corporal, esa remoción tiende a ser física; una mueca, un asco, un apretón de estómago, un ceño fruncido, una sensación helada corriendo por las venas. Lo que hace Ducournau es tomar un concepto de frentón alienante —el canibalismo en “Raw”, la parafilia por los autos en “Titane”— y operarlo como vehículo para transitar facetas de una problemática mayor, cuyo punto en común vendría siendo el sentido de identidad y pertenencia en una sociedad inclemente y frenética.

Esto desde una perspectiva tácita de mujer, característica determinante en la construcción de un estilo que con el mismo garbo se planta como no convencionalmente femenino a través de esa ferocidad sin anestesia que desborda desde su lente. Solo aquella dicotomía es lo suficientemente provocadora en un ecosistema donde la mujer está condenada a justificar cada giro de su existencia, pero si la directora se ha posicionado como una de las autoras europeas contemporáneas meritorias de seguirle la pista es porque sus historias han conseguido trascender dicho marco y habitarlo con un grado de consistencia que hace que la incómoda experiencia valga la pena; aunque al borde de cargarse demasiado hacia el shock efectista, a la hora de sacar cuentas el alma de sus propuestas sí logra salir a flote.

En su última película, no obstante, es como si esa alma nunca acabara de vislumbrarse bajo una densa niebla o fuesen tantas que deambulan, una alrededor de otras, sin que ninguna se perfile como la esencial. El núcleo parece ser el paralelismo hilvanado entre los padecimientos de la niña y el tío, ambos al cuidado de la madre, a partir del cual se exploran las complejidades del afecto familiar, sugiriéndolo como otro padecimiento en sí mismo en su capacidad de obstinar y cegar.

Pero dicho paralelismo también desliza el impacto del trauma intergeneracional, asunto que parece remitirse a una herida muda de los hermanos en su crianza lo que, a su vez, tendría una explicación sobrenatural, mítica u onírica en un “viento rojo” que hostiga al ADN de la familia y que resopla con furia en el sector donde viven, tiñendo el exterior de dicho color y añadiendo encima una capa fantasiosa semiapocalíptica potencialmente asociada con el insólito virus que está azotando a la población convirtiendo sus cuerpos en mármol.

Sumatoria de tópicos y teorías que más que colaborar, compiten por ser el foco de atención, y que ante esa competencia pierden en calidad de supuestos que no cobran la suficiente fuerza ante la soberbia de una trama que atiborra la pantalla de una inquietud no canalizada. De este modo, a pesar de las comprometidas actuaciones que sacan adelante al atribulado trío protagonista, “Alpha” tropieza en el riesgo del que sus predecesoras habían zafado, dejando el agrio sabor en boca de una historia que se autosabotea en su sobrecomplejización y exceso de elementos. Resultado irregular que no desacredita a Ducournau quien, todavía cultivando ese sello indolente que no claudica sacando proyectos desafiantes, se mantiene como una interesante referente del thriller moderno.

Publica un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.