«Flow» de Gints Zilbalodis (2024): Sobrevivir y trascender
«Flow» (2024) parte de una premisa muy simple y reconocible: diferentes especies de animales realizan un viaje. De todas ellas, el protagonista es un gato, macho o hembra, da igual. Es tierno y simpático, al igual que todos sus demás compañeros: un perro, un lémur, un carpincho y un ave secretario. Obligados a moverse por un mundo en estado de catástrofe. Un mundo que bien podría ser el nuestro o salir de un cuento fantástico.
En todo caso, uno cuya situación reconocemos a partir de las más pesimistas predicciones del cambio climático con la subida del nivel del mar y la destrucción de múltiples tierras, que además protagoniza la fauna de todos los continentes y habitan una tierra carente de humanos. En ese momento resulta sencillo convertir toda la historia en otra gran metáfora de nuestra tormentosa actualidad. La diferencia sustancial es que Flow se construye como una historia universal.
En los años recientes también hubo una película sobre la supervivencia en el fin del mundo. «Don’t Look Up» (2021) implicaba a un grupo disímil intentando salvar el planeta de su inminente destrucción, pero las convicciones globales se quedaban reducidas a la cercanía nacional estadounidense. Eran sus políticas, sus discusiones, sus miedos y sus exageraciones. El resto del mundo cabía en pequeños planos a lo Discovery Channel, cuasi idealizados y carentes de una perspectiva propia en lo que era, en definitiva, una tragedia humanitaria. Flow descarta estas cuestiones simplemente deslocalizando la situación ¿Dónde estamos? En todos lados, pues el espacio parece ser africano, europeo, asiático y americano; en un momento aparecen arquitecturas de una ciudad que bien podría ser francesa, y otra de un templo que bien podría ser indochino.
Las criaturas que protagonizan su viaje consisten en dos mascotas que se encuentran, virtualmente, en todos los lugares del planeta, y aquellos que no lo son vienen a enmendar el énfasis global que ubica la trama. Sin embargo, esta tentación antropocéntrica tiene un desbalance. Así como podemos entender a los diferentes animales como un sucedáneo de nuestras culturas, la película hace más bien poco por acentuar esta cuestión. En cambio, la ausencia de seres humanos nos indica una dirección contraria. Aquello que hace más único a Flow, en tanto consideramos la historia de la animación, es que sus animales sí se comportan como tales.
Quizá el modelo Disney tuvo un efecto más amplio a la hora de representar a gatos y perros como gatos y perros. En la casa del ratón y sus diferentes competidores, ni los gatos ni los perros ni los pájaros ni nada de nada pueden asemejarse siquiera a algo relativo a su especie. Se ven como tales, pero son más cercanos a seres humanos. Y matizo el concepto: “seres humanos americanizados”. Con una serie de actitudes y gestos que se deslizan y referencian al compás cultural de Estados Unidos, o en una pretensión más generalizada, a algo que vemos y hemos entendido como “infantil, tierno, simpático o ameno”.
En ese sentido, Flow, tampoco se obsesiona por el realismo: sus animales, si bien mucho más cercanos al comportamiento de sus razas, siguen teniendo unas dosis de inteligencia muy superiores. Tanto así que puedan dirigir un barco, adoptar a conciencia el comportamiento ajeno para superar obstáculos y, en general, buscar formas de cooperación entre especies radicalmente distintas.
Lo más evidente es que no emiten palabras. Flow es una película muda. No hay un idioma al que, sorpresivamente, todos se someten sin aparentes fisuras. Carentes del lenguaje, lo único que quedan son los gestos; un vocabulario universal. Los personajes se reconocen y se entienden en estos gestos. Sus voces se conjugan solo circunstancialmente, pero a lo único que apunta, tanto a ellos como nosotros, es a entender en sus cuerpos y rostros los signos del miedo o la alegría. Por lo mismo, no es una coincidencia que el plano reflejo se reitera a lo largo de toda la película.
El rostro de sus animales no busca una mera duplicidad, sino que incorpora una pregunta: “¿Qué tanto se están pareciendo a nosotros a medida que su viaje revele continuamente la importancia de la cooperación y la solidaridad?” Que este plano sea el inicial y final solo refuerza su relevancia en la construcción del viaje. La cuestión de su supervivencia trasciende; pasamos de lo individual a lo colectivo, pero también refleja (nunca mejor dicho) el estado de su mundo, atrapado como parece en un ciclo de destrucción continuo. De dobles y repeticiones.
Regresamos a la humanidad ahí, y convertimos el relato en una metáfora para interpolar, una vez más, nuestras capacidades de superar el cataclismo en el horizonte. Pero a lo mejor, entre tanto fracaso, aquellos que realmente tengan la oportunidad de prosperar y aprender, no seamos nosotros, sino ellos, los animales, buscando el calor perdido de un hogar y respuestas a preguntas que, quizá, nunca acabaremos por entender.
«Flow» fue estrenada en Chile en Enero bajo la distribución de BF Distribution. En el plano internacional obtuvo diferentes reconocimientos, incluyendo el Premio Oscar a Mejor Película Animada.