«Zoila» de Gabriela Pena (2021): Maternidad y desarraigo
Gabriela Pena es hija de una chilena y un español. Ambos se conocieron en España, cuando la madre de Gabriela vivía en el exilio junto a su familia, como consecuencia de la dictadura militar en Chile. Más tarde, la pareja se trasladaría a nuestro país. Durante esos años, Zoila, una joven mapuche oriunda de Chol Chol, contribuye en la crianza de Gabriela y su hermana menor. Sin embargo, cuando la familia decide regresar a Barcelona, las niñas deben despedirse de quien fue su segunda madre. Pero el contacto no se pierde.
Hoy, Gabriela es cineasta y habla con acento español, salvo por una palabra. Su voz hace una única excepción con la “z” de “Zoila”, que aún pronuncia con “s”, pues aprendió a decir su nombre cuando aún vivía en Chile. En este sonido, aparece un vestigio de su lengua materna, es decir, aquella que nos enseñan nuestras madres; los primeros sonidos que somos capaces de articular y que moldean nuestras ideas más tempranas. De esta palabra excepcional surge el título su primer largometraje: «Zoila, el amor a través» (2021).
El documental fue desarrollado por Grieta Cine, productora audiovisual de Valparaíso, fundada por la propia Gabriela en conjunto con su pareja Picho García. Zoila tuvo su estreno nacional en la 17ª versión de SANFIC, y participó en diversos festivales de cine latinoamericano, llegando a recibir el Premio a Mejor Película en la Competencia “Género y Generaciones” de la 9ª versión de FIDBA. Recientemente, la película se proyectó en Sala K / Maipú como parte de su ciclo de Cine Inclusivo, lo cual me ofrece una excusa para compartir algunas reflexiones a propósito de esta obra, cuya sensibilidad ha resonado conmigo desde la primera vez que pude ver parte de su metraje, hace varios años.
La premisa de la película se introduce con una reflexión del filósofo Paul B. Preciado: “La madre moderna es tan sólo una máscara detrás de la que se ocultan otras madres a las que se les ha negado el reconocimiento del vínculo”. Esta premisa revela una innegable realidad omitida y una desconcertante toma de conciencia: el concepto de madre es más amplio de lo que podría presuponerse. Entender esto implica cuestionar un aprendizaje fundacional. Y esto genera tensiones.
Para Gabriela, el quiebre se produce al revisar las cintas familiares; archivos que le muestran algo que no pudo ver siendo niña. En estas imágenes opacas, Zoila aparece como una figura enigmática. Las cintas digitales muestran breves atisbos de su presencia, registran la silueta sin rostro de una mujer callada, siempre en segundo plano, como la columna vertebral invisible en un núcleo familiar que se presenta ante el mundo desde la norma. Pero esos puntos ciegos despiertan preguntas primordiales que la realizadora se plantea con cautela: “¿Quién eres tú para mí? ¿Qué somos nosotros para esta tierra?”.
Al narrar parte de su historia, la directora reescribe su propio relato, en buena medida para sí misma, quizás intentando comprender su propia existencia de una forma más íntegra. Así, los registros en cinta de video, siempre al centro de la pantalla y sin ampliar, manteniendo su resolución irremediablemente sesgada, remiten a aquella fantasía de omisiones en cuatro paredes. En contraste, las imágenes actuales, registradas más a conciencia y con otra tecnología, desarrollan un ejercicio de atención en tiempo presente que va deshilvanando aquellos relatos de omisión.
En apariencia, «Zoila» es un documental autobiográfico. La voz de su propia directora conduce el relato desde una focalización íntima, entre reflexiones confesionales y recuerdos de infancia recolectados a través del tiempo. A ratos, la voz pareciera olvidarse de los espectadores y simplemente habla para sus adentros, con profunda sinceridad. A su manera, el tono de la película es reminiscente al excelente documental «Stories We Tell» (2012) de Sarah Polley, que también propone el rescate del relato familiar desde un espíritu investigativo.
La vida como un misterio por resolver, y los recuerdos como claves para acceder a ciertos tipos de verdad. Con esto emerge la puesta en valor de lo que se asume irrelevante; la vida privada de las personas como personajes, sus apegos, sus historias desconocidas y sus complejidades. Todo puede ser interesante, especialmente las historias cotidianas. En esencia, «Zoila» es una película sobre las distancias, los silencios y las brechas culturales; sobre las familias no convencionales, el amor incondicional y las huellas de la infancia aún palpables en el presente.
Quizás, este sea un ejemplo válido de un eventual “cine de mujeres” que con frecuencia se ha intentado describir, porque más allá de los clásicos nudos dramáticos, la relevancia de la película yace en el carácter decididamente interno de los pensamientos que la estructuran. No son conflictos “visualizables”, y por lo tanto no tendría sentido reproducirlos; la película se mueve desde la evocación.
Si las cintas de video desencadenan propósitos creativos, las grabaciones posteriores intentan resolverlos, o darles forma, pero también acompañan al monólogo interno que se despliega naturalmente como hilos trazando costuras. Y esa confección sugiere un prolongado proceso de ensayo y error. En este sentido, es evidente que el relato se conformó como tal desde el montaje. La película confiesa su propia factura. Es la cinécriture, como decía Agnès Varda; la cámara como bolígrafo, el cine como diario de vida, y el corte y unión de los trozos como herramienta discursiva.
Posiblemente, lo más sobrecogedor de la obra sean sus tribulaciones a propósito del concepto de desarraigo. «Zoila» establece paralelos entre el apego afectivo y el desarraigo cultural, muchas veces desde la inocencia, pero también desde un espíritu inquieto. Es el indescriptible miedo al abandono, quizás el más humano de los temores. Como personaje, Zoila se caracteriza por su actitud evasiva ante las preguntas sobre su pasado. En realidad, la información que conocemos sobre ella se configura a partir de una serie de interrogantes cuya respuesta es el constante silencio. Siendo hija de un hombre mapuche convertido en pastor evangélico, y criada en una familia de pocas palabras, Zoila tiende a desaparecer. Y, desde la complicidad de su voz superpuesta, la directora admite que aún teme el día en que Zoila se enfade y, quizás, se desvanezca para siempre.
Como obra cinematográfica, «Zoila» es un ejemplo de severa persistencia en el oficio creativo. Con cierta porfía por escarbar en los lugares más recónditos de la memoria, siempre queriendo entender algo, Gabriela Pena formula una obra profundamente personal desde su simpleza, y transversal en sus temáticas. En definitiva, es una película que no podría haber sido realizada por nadie más.
«Zoila» (2021) de Gabriela Pena se puede ver de manera gratuita en Ondamedia.cl