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06 marzo 2026, 07:42 AM | Actualizado | Chile
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Cine

La película fuera de Sí

No recuerdo la primera vez que fui al cine. Lo que sí recuerdo es un momento específico en que la película se convirtió en algo más, algo fuera de sí. Fue en mi infancia, de la cual evoco como puedo: de forma porfiada y fragmentada, quizás hasta inventando algunos datos. No ocurrió en una sala de cine, ni sentada en una butaca; no estaba comiendo cabritas, ni en completa oscuridad. Ocurrió un verano, probablemente en febrero, sentada en un sillón que no era mío.

Me recuerdo instalada en el living de mis primos, mirando absorta, una tras otra, sus películas caseras. Aquellos fragmentos de vida me generaron una fascinación inexplicable. Me pareció tan familiar y distante a la vez, sentía que estaba accediendo a una intimidad que no sabía si me correspondía o no. Y de pronto, aparecí yo. Fue muy breve, formaba parte de un registro de un día de vacaciones, en el 99 o 2000.

Me vi a mí misma (o una versión más pequeña de mí misma) de pie dentro de una piscina armable, con las dos manos aferradas al borde, dando saltitos de felicidad mientras mis primos y hermana nadan a mi alrededor. Tengo una colita: el oxígeno pegado con scotch a mi cara se transforma en un tubo largo y transparente que emerge de mi nuca y va a parar a un tanque fuera del agua. No me acuerdo de ese periodo de mi vida. La película me mostró una versión de mí que creía perdida, me ofreció un pedacito de memoria.

En realidad no. Desde siempre he recibido los relatos orales de mi familia, describiéndome, siempre con los mismos detalles, cómo fue que sobreviví a un letal adenovirus a los seis meses de vida. Sin embargo, al pensar en esta versión pequeña de mí, observando a una versión aún más pequeña en la pantalla, recuerdo las palabras de Arelis Uribe, que en «Las Heridas» dice: “Sentí una tristeza antigua” al revisar fotografías de su infancia que documentaron su leucemia. El cine casero, nuestro cine casero, me produjo una especie de anacronía emocional; ciertos dolores fueron exhumados al momento en que aparecí en la pantalla, cuando la película por primera vez no se sintió ajena sino propia. Luego aprendí a encontrar “lo propio” en otros lados, en otras formas de hacer cine. Pero en ese momento se sintió como una revelación.

Quizás ahí nació mi deseo de documentarlo todo, o quizás lo heredé de mi abuela, mi primera introducción al archivo como una práctica y no una institución. Ella tomaba fotografías de todo. Todo todo, igual que yo. Mi mamá guardó esas fotos en una caja enorme, junto a un único VHS que contiene su ceremonia de matrimonio completa. Una vez lo exhibieron en mi casa, comentando el evento. Fue extraño, ser testigo de un momento histórico que me antecedió; nuevamente me hizo sentir una nostalgia tan propia como ajena.

Pero con la nostalgia hay que tener cuidado, no vaya a ser que el pasado nos atrape por completo, teñido de una sentimentalidad acrítica o de un vano romanticismo. No creo que, al apuntar la cámara hacia nosotros, los adultos de mi familia hayan estado pensando en hacer cine, pero sí en mantener vivo un archivo familiar. Es una de muchas formas de hacer memoria, en este caso una memoria íntima, un microarchivo, una película fuera de sí.

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