“El Agente Secreto” de Kleber Mendonça Filho (2025): Brasil dando cátedra
“No he contado la historia en el orden correcto”, le dice Armando a su suegro mientras le entrega su testimonio a la mujer que se ha comprometido a ayudarle a exiliarse del país antes de que lo encuentre Ghirotti, un poderoso aliado del régimen que quiere su cabeza tras un altercado que se suscitó durante una indeseada visita del viejo a la universidad pública donde Armando trabajaba. Es una escena fundamental, donde vislumbramos el resultado de un minucioso rompecabezas que hasta ahora, nos ha tenido montándolo sin una imagen guía. Pero es también clave por otra virtud: la (meta) confesión encapsula astutamente la construcción narrativa de la cinta.
El rompecabezas narrativo de Mendonça Filho
En “El Agente Secreto” (2025), lo que brilla por sobre todas las cosas es el armado del relato y cómo este enriquece el corazón de la historia: el hacer comunidad como resistencia en tiempos oscuros. El protagonista es Armando (Wagner Moura), un académico que se mueve por la carretera en su vistoso autito amarillo hacia Recife con el propósito de reencontrarse con su pequeño hijo, bajo el cuidado de sus abuelos maternos para llevárselo del país y vivir juntos en paz. La tarea, no obstante, no la puede lograr solo. No cuando es víctima de persecución política en el Brasil de 1977 que estaba bajo el gobierno autoritario de Ernesto Geisel, la misma represión que seguramente lo dejó viudo.
Así, Armando —que se hace llamar Marcelo— recibe la protección de Doña Sebastiana (Tânia Maria), una señora que dirige un refugio encubierto para perseguidos y marginados. Será ella y una seguidilla de personajillos interconectados en esta red, quienes asistirán a Armando en su meta de escapar con el niño sanos y salvos.
Ofreciéndonos una trama cimentada en tres tiempos lineales donde hay un presente ping-pongeando con el pasado y futuro, nos revela que también es el pasado y que el real presente es el futuro. El director y guionista Kleber Mendonça Filho nos sumerge en un universo rebosante de vitalidad, cuyo motor es el tejido humano que lo habita. Así el realizador, quien ya nos había obsequiado el tan bizarro como apasionante western moderno latinoamericano “Bacurau” (2019), vuelve a relevar la organización de un colectivo conformado por individuos comunes y silvestres como arma ante la opresión institucionalizada que puede y no dudará en abrir fuego. Por supuesto que mucho importa el desenlace del plan de Armando, pero más aún el ejercicio de nobleza que resulta ser el mismísimo viaje.
El seguimiento a cada paso del camino, interacción, diálogo, nuevo lugar y personaje, cada avance, viraje, pausa, retroceso y bache. El constatar que un propósito de apariencia tan simple como salir del país puede tornarse en semejante desafío engorroso, donde personas extrañas unas de otras están dispuestas a tomar como propio y orquestar, cual hormigas obreras bajo riesgo fatal sin otro interés que darle una mano a un prójimo con el que empatizan.
Wagner Moura: Una columna vertebral sin ego
El desempeño de Moura liderando no es solo impecable en el marco de su propio rol; un tipo doliente, enfurecido, agotado, aterrado y resignado que, a pesar de eso, no abandona el buen humor y suavidad, y que porta este racimo de sentimientos, actitudes y estados anímicos bajo una careta precisa de sosiego propia de un pragmatismo asumido porque sabe que en su situación adversa no le queda otra, porque el fantasma de lo ocurrido con su esposa (que falleció de “neumonía”) es un recordatorio trágico y advertencia de que le conviene mantenerse precavido, cauto y enfocado en su objetivo.
Adicionalmente, el intérprete —primer sudamericano en ser premiado como Mejor Actor en Cannes— despliega la suficiente madurez y escasez de ego al estar consciente de ser la columna vertebral de un cuerpo compuesto por otras piezas que, ya sea más grandes o más pequeñas, son claves en el funcionamiento de este engranaje y que, como tales, merecen que el foco panee desde él hacia ellos cuando es su turno.
Gracias a dicho equilibrio de fuerzas es que «El Agente Secreto» ofrece un exquisito banquete de personajes peculiares que evidencian una labor ejemplar de casting encabezado por Gabriel Domingues que, si los Oscars no fuesen más que lobby y localismo yanqui, hubiese obtenido con justicia el galardón en aquella categoría recién estrenada este año. Desde Doña Sebastiana para abajo, una dama mayor que sin esfuerzo transmite la energía de haber vivido siete vidas y contando y que es, por lejos, el papel más cool de la temporada; seguida de un entrañable suegro abnegado; el policía payaso y corrupto; la esposa de trompas de acero; el niño y su afición por Tiburón aunque esté muy chico para verla; pasando por el legendario Udo Kier como un alemán harto de mostrar su cicatrices de guerra como si fuese figura circense; el petulante de Ghirotti; la secretaria coqueta; los matones; todos y cada uno de ellos y ellas resultan de una trabajo de relojería recreando el Recife de 1977. Ni maquetas ni disfraces, aquí hay ciudadanos brasileños en toda su esplendorosa diversidad.
Resistencia colectiva frente al neofascismo
Tensa, juguetona, angustiante, íntegra, frustrante, tierna y divertidísima; refrescada con brisas de realismo mágico con esa pierna asesina y los gatos siameses inmersos en un contexto carnavalero; fotografiada con un nivel de color y textura vibrantes que recupera la fe en un desolador panorama donde se ha normalizado la estética sin alma de publicidad Apple, la película no anda con medias tintas y, por encima de todo aquello, entrega un discurso político de lamentable, pero necesaria vigencia en los nefastos tiempos que corren: cuando el neofascismo va en alza envalentonado por la impunidad y el Estado ha sido infectado, al ciudadano de a pie solo le queda recurrir a sus pares y emprender resiliencia en conjunto.
Sin equivocarse: la lluvia de elogios recibida por “El Agente Secreto” a escala internacional es de esos casos de unanimidad ecuánime, que se sienten reivindicatorios en una industria donde tras bambalinas suelen pesar más las agendas de los peces gordos y el afán de moldear todo a lo que dicten las métricas desprendidas del modelo Netflix y TikTok que reducen el cine a “contenido”. Sí se puede, como proclama el cántico. Cuando hay algo claro por decir, sentido de identidad, cariño por el oficio y la suficiente porfía (además del bendito financiamiento para sacar el buque adelante, cómo no) Mendonça Filho y su tremendo equipo demuestran que sí se puede.