
“La Perra” (2026) de Dominga Sotomayor: Expiación perruna
En su sección Gala Chilena, FICValdivia 2026 trajo al Aula Magna de la Universidad Austral «La Perra», la película más reciente de Dominga Sotomayor, una presencia directoral recurrente en el certamen. Aunque esta vez la cineasta no pudo estar presente, la sala tuvo un lleno absoluto, marcado por un público fervoroso y expectante por ver este estreno chileno que recientemente pasó por festivales como San Sebastián, BFI y Cannes. En este último, una de sus protagonistas (la perrita Yuri) fue galardonada con el Palm Dog Award por su interpretación. Algo para nada común.
La historia está ambientada en una isla remota de la costa de Chile, donde Silvia (interpretada por Manuela Oyarzún), una mujer de mediana edad que se dedica a la recolección y cosecha de algas con su pareja Mario (David Gaete), adopta una cachorra abandonada, a la que decide nombrar Yuri. Lamentablemente, pronto los ecos de un pasado doloroso y una serie de percances tristes terminan afectando a Silvia y el vínculo con su perrita. La película está basada en la novela homónima de la escritora colombiana Pilar Quintana, publicada originalmente en el año 2017.
En línea con el trabajo previo de Dominga Sotomayor, «La Perra» se desarrolla contemplativamente. Una hermosa fotografía playera nos ofrece el contexto y el trasfondo para entender la difícil lucha interna con la que Silvia combate todos los días, muy ligada a la maternidad frustrada y un horrible trauma de su infancia. Gracias a una dirección cuidada, la película es lenta, naturalista y transmite desde los silencios, las miradas, las dinámicas familiares, los sonidos costeros, y, sobre todo, los animales.
Siguiendo con el punto, claramente la estrella del filme es Yuri. Aunque Manuela Oyarzún y el resto del elenco también destacan, su actuación canina llega a sorprender por lo mucho que transmite (sobre todo desde el dolor y la tristeza) y, especialmente, por lo adorable que es. En general el reparto perruno es buenísimo, ya que los cachorros también encantan y convencen por igual. Aunque no todo es lindura: las escenas con Yuri cargan el mayor peso emocional de todo el metraje, en parte por los grandes dotes interpretativos del animal y porque el resto de la estructura narrativa no ayuda a que la película construya una emotividad auténtica.
A pesar de que «La Perra» ofrece atisbos de un relato sobre maternidad, trauma, superación, expiación, fraternidad y la aisladamente esforzada vida de los trabajadores costeros, todas estas ideas terminan atrapadas en metáforas fáciles o, todo lo contrario, resoluciones arbitrarias que apelan al shock o la desolación. No son recursos que estén mal por sí mismos, pero, si no están acompañados de sustento temático, un ritmo regular y cierta verosimilitud, se sentirán artificiales y debilitarán las virtudes del metraje.
Tristemente, a «La Perra» le pasa esto. Al ser una historia trágica en su núcleo, rodearla de tragedia parece lógico, pero rellenarla solo con un sufrimiento (humano y perruno) que no siempre parece responder a necesidades dramáticas cansa al espectador, sobre todo en una estructura lenta y predecible. Las irregularidades de ritmo y tono también perjudican, lo que hace que ciertos momentos desgarradores terminen llegando con frialdad o melodrama, sin punto medio. Al final las dos técnicas dejan a la audiencia un poco fría, excepto si al cinéfilo le da mucha pena el sufrimiento canino.
Dicho esto, «La Perra» puede despertar debates interesantes sobre cuándo se sobrepasa el límite cinematográfico de la emotividad al melodrama y del melodrama al morbo. El visionado ya generó opiniones divididas en el público valdiviano y probablemente su recepción sea parecida cuando la película llegue a cines comerciales. En mi caso, como amante de los perros y el cine, me pareció que pudo aprovechar mejor sus temas y, sobre todo, la actuación de la encantadora Yuri.