Un cine para San Felipe: crónica desde la Sala de Cine Almendral
El sábado viajé a San Felipe para conocer la Sala de Cine Independiente del Almendral, ubicada a las afueras de la ciudad. Tomé un Uber desde el terminal y, tras un trayecto directo, el conductor dobló en un callejón de tierra y me preguntó si era por ahí. Confiado, le dije que sí, sin saber exactamente dónde me había metido. Al bajarme, me sorprendí al encontrarme en una chichería en lugar del centro cultural. Aproveché la oportunidad para probar la chicha dulce de la zona. Disfruté de un par de cañas antes de llegar a la sala, y me llevé la grata sorpresa de que era la misma chicha que se lleva a la parada militar. La sala estaba a solo cinco minutos a pie de la “Chicha Criolla de José Toro”.
Semanas antes había estado hablando por chat con Matías Urbina, el programador de la sala, quien me invitó a la función del sábado 11 de abril, donde se proyectó la película “Elefante” (2003) de Gus Van Sant. La sala es pequeña y acogedora, y asistieron unas 20 personas. Después de la función, los asistentes —en su mayoría familias completas y un grupo de adolescentes— conversaron con Matías. Al finalizar, muchos, especialmente los mayores, compartieron sus opiniones sobre la película y discutieron sobre la actualidad del país. La película aborda un tiroteo en Estados Unidos, inspirado en la masacre de la escuela secundaria Columbine de 1999.
El público analizó la violencia escolar y su reflejo en Chile, mencionando el caso de la profesora asesinada en Calama, donde el asesino, en primera instancia, quería atacar a niños de primer año por considerarlos «puros». También tocaron temas como la soledad en las infancias, el acceso a las armas, la falta de políticas públicas y el ascenso del fascismo. Justamente ese tipo de conversación era lo que Matías buscaba, y lo logró.

La Sala Almendral y su apuesta por el cine de autor en San Felipe
Matías llegó al espacio en 2024, cuando el auditorio que ya había funcionado como sala de cine en los años noventa se encontraba en pleno proceso de reactivación. Su incorporación no respondió a una convocatoria formal, sino a una iniciativa personal: el interés por vincularse a un proyecto institucional ligado al cine y, sobre todo, por contribuir a la recuperación de un espacio cultural en la ciudad. “Me hacía mucho sentido que San Felipe volviera a tener un lugar así”, explica. El impulso, además, tenía una dimensión biográfica. Para él, era fundamental que las nuevas generaciones no tuvieran que salir de la ciudad para acceder a una formación cinematográfica o, al menos, a una experiencia de sala, como le había ocurrido en su propio caso.
Los inicios del proyecto fueron modestos. La programación comenzó con funciones itinerantes, sin una cartelera establecida, y con un fuerte énfasis en cine chileno, en parte por las condiciones de acceso a las obras. La primera función de gran convocatoria fue “La memoria infinita” (2023) de Maite Alberdi, exhibida en febrero de 2024. A pesar de las limitaciones técnicas del espacio en ese momento, la sala se llenó, marcando un punto de partida alentador para el proyecto.
De Valparaíso a San Felipe: la formación de un programador
A diferencia de muchos realizadores o gestores culturales, su vínculo con el cine no proviene de un entorno familiar ligado al arte. No hubo, en sus palabras, un “destino” trazado de antemano. Su acercamiento inicial fue más bien doméstico: noches frente al televisor, viendo películas en el cable, en una experiencia marcada por el consumo cotidiano más que por una formación cinéfila.
Durante su etapa escolar, el cine no se consideraba una opción profesional. Al terminar la enseñanza media, optó por estudiar Derecho en Valparaíso, donde estuvo durante cuatro años. Fue en ese tiempo cuando ocurrió un cambio decisivo en su trayectoria. En San Felipe, su ciudad de origen, no existían salas de cine activas, por lo que asistir a funciones implicaba desplazarse a otras ciudades como Santiago o Los Andes. El acceso al cine, en ese sentido, no formaba parte de la vida cotidiana.
En Valparaíso, en cambio, entró en contacto con espacios de exhibición como Cine Insomnia Teatro Condell, donde comenzó a enfrentarse a una programación distinta. Ese encuentro cambió su perspectiva: por primera vez, el cine dejó de ser un consumo ocasional y se convirtió en una experiencia transformadora. “Ahí empecé a ver películas que realmente me volaron la cabeza”, recuerda.
Aunque su relación con el cine no fue constante durante la infancia, sí conserva recuerdos puntuales de las antiguas salas en San Felipe. Asistió en contadas ocasiones, pero la experiencia dejó una huella más sensorial que cinéfila. Evoca, por ejemplo, la cúpula del recinto, el acceso por una escalera alfombrada y la disposición de una única sala. También recuerda los carteles pintados a mano, que formaban parte del paisaje visual del lugar.
En lugar de recordar títulos concretos, lo que realmente perdura es la experiencia en sí: las funciones de cine infantil y de animación que, aunque borrosas en la memoria, constituyen una primera conexión con el cine como espacio y como ritual compartido.
El giro que produjo Cine Insomnia: de espectador a gestor cultural
El paso por Cine Insomnia Teatro Condell marcó un punto de inflexión en su formación. Fue allí donde comenzó a adentrarse en distintas tradiciones cinematográficas, desde el cine alemán hasta el italiano y el francés, a través de autores como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard, François Truffaut y Alfred Hitchcock. Sin embargo, más allá de los nombres, lo decisivo fue el cambio en su relación con el cine. La asistencia a funciones con conversatorios —donde participaban directores y actores— ayudó a romper la barrera habitual entre la obra y el espectador, convirtiendo una experiencia que antes era distante en algo cercano y palpable.
En paralelo, el descubrimiento del cine chileno y latinoamericano reforzó ese proceso. En estas películas, señala, comenzó a reconocer espacios, formas de habla y dinámicas cotidianas propias, lo que facilitó una identificación más directa con lo que veía en pantalla. Entre las obras que marcaron ese periodo, destaca el documental “El lamento de las imágenes” (2000). De él recuerda especialmente una frase del artista visual Alfredo Jaar: “Soy artista porque no entiendo y quiero entender”, que funcionó como una clave interpretativa para su propio desarrollo.
En ese momento, mientras cursaba una carrera tradicional, también participaba en talleres de cine documental en Balmaceda Arte Joven. Ese cruce de experiencias generó un estado de intensa inquietud intelectual: una sensación de no comprender del todo, pero al mismo tiempo de querer explorar. Allí, afirma, se produjo el quiebre definitivo en su vínculo con el cine.
El Cine Aconcagua que fue: memoria y pérdida de los espacios culturales
Hay una famosa canción del cantautor español Joaquín Sabina, probablemente la más reconocida de su repertorio, titulada “Y nos dieron las diez”. En ella, narra el encuentro con una mujer en un bar: “Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto”, canta Sabina. Sin embargo, un año después, sin saber nada de ella, regresa a ese mismo bar y se lleva una desagradable sorpresa: el bar ahora es un banco. “No había nadie detrás de la barra del otro verano, y en lugar de tu bar me encontré una sucursal del Banco Hispano Americano”. Eso fue lo que le pasó a San Felipe. Su antiguo Cine Aconcagua ahora es un mall chino.
La transformación de antiguas salas de cine en espacios comerciales, como son los malls, las tiendas u otros recintos, es leída por Matías como un síntoma de nuestra época. A su juicio, responde a una lógica donde los espacios tienden a valorarse principalmente por su utilidad inmediata, muchas veces determinada por criterios económicos.
Sin embargo, advierte que el problema no radica únicamente en el cambio de uso, sino en la ausencia de reemplazo. El cierre de una sala sin la apertura de nuevos espacios implica, en ese sentido, no solo la pérdida de una infraestructura, sino también la desaparición de una forma de vida asociada al encuentro colectivo en torno al cine. Se trata, además, de una transformación que ha observado de manera generacional. Mientras que en el pasado asistir al cine formaba parte de una práctica habitual como lo experimentaron su padre y su abuelo, hoy esa costumbre ha perdido centralidad.
Qué se proyecta en la Sala Almendral: criterio curatorial y películas
A la hora de definir la programación de películas en la Sala de Cine Almendral, el criterio combina intuición personal y una lectura del contexto actual de consumo audiovisual. Según explica, se trata, ante todo, de una apuesta personal, ya que gran parte de las películas exhibidas corresponden a obras que lo marcaron durante su formación en cine.
Sin embargo, la selección no responde únicamente a un gusto individual. En un escenario donde el acceso a contenidos es cada vez más amplio, principalmente a través de plataformas de streaming, la sala busca diferenciarse ofreciendo propuestas que difícilmente circulan en esos espacios.
La estrategia, en ese sentido, apunta a un equilibrio: cine de autor que no resulte completamente inaccesible para el público general, combinado con títulos más reconocibles que funcionan como punto de entrada. “Caballitos de batalla”, como los define, que permiten convocar audiencias más amplias sin renunciar a una línea curatorial. Las películas proyectadas durante el año incluyen, entre otras, “Cléo de 5 à 7” (1962) de Agnès Varda, “La La Land” (2016), “Perdidos en Tokio” (2003) y “Terciopelo Azul” (1986), todas en su idioma original con subtítulos en español. Las excepciones son las películas animadas, como “Wall-E” (2008) y “Wallace y Gromit: la batalla de los vegetales” (2005).

Fotografía de Felipe Marar (delirios_del_fuego)
El objetivo es ampliar la mirada del espectador sin alejarlo. A esto se suma una programación sensible a los contextos, que dialoga con ciertas temporalidades del año. Así, por ejemplo, durante octubre se organizó un ciclo dedicado al cine de terror, titulado “Rituales”, con películas como “El bebé de Rosemary” (1968), “Nosferatu” (1979) de Herzog y “La bruja” (2015) de Robert Eggers.
La respuesta del público, sin embargo, no siempre es predecible. El propio programador reconoce que algunas funciones han tenido resultados inesperados en términos de convocatoria. Es el caso de “Vértigo” (1958), que registró una asistencia considerablemente mayor a la de “La naranja mecánica” (1971), una diferencia que lo sorprendió. En contraste, títulos como “Pulp Fiction” (1994), exhibidos en las primeras etapas del proyecto, lograron una buena recepción y ayudaron a consolidar una base de público.
Con el paso de los meses, señala, la asistencia ha tendido a estabilizarse. Más allá de las cifras, destaca un elemento que considera central: la capacidad de la sala para generar sorpresa. “Mucha gente sale habiendo visto algo que no esperaba”, comenta, subrayando el valor de la experiencia cinematográfica como instancia de descubrimiento.
Un público heterogéneo: familias, jóvenes y adultos mayores en la misma sala
El público de la Sala de Cine del Almendral se caracteriza por su notable heterogeneidad, superando la de otros cines independientes en Santiago. Mientras que en estos últimos predominan estudiantes y profesionales de las artes o humanidades, aquí confluyen jóvenes, incluidos adolescentes, familias completas y personas mayores, creando un ambiente diverso y enriquecedor.
Esta diversidad se explica, en parte, por el funcionamiento del cine al interior de un centro cultural que alberga talleres de oficios. En ese contexto, muchos asistentes no llegan necesariamente con la intención inicial de ver una película, lo que ha propiciado una circulación más abierta y una composición de público poco habitual. Esa mezcla también se refleja en los conversatorios posteriores a las funciones, donde participan personas de distintas edades y trayectorias, generando intercambios que, según Matías, no siempre se producen en salas con públicos más segmentados.
En cuanto a la recepción del cine político y de memoria —como el de Patricio Guzmán—, la evaluación es positiva, aunque con convocatorias variables. Si bien estas funciones no siempre logran llenar la sala, sí despiertan interés y convocan a un público específico. Más allá de la asistencia, el verdadero valor radica en el cruce generacional: jóvenes que se encuentran por primera vez con estos materiales, y espectadores mayores que vivieron los procesos representados pero que no siempre tuvieron acceso a registros audiovisuales de este tipo. En ese contexto, la programación de cine de memoria se presenta como una herramienta fundamental para mantener vivo el vínculo con el pasado.

Fotografía de Felipe Marar (delirios_del_fuego)
Ciclos temáticos y cine de memoria: el horizonte de la Sala Almendral
De cara al futuro, la programación de la Sala de Cine del Almendral buscará profundizar en su dimensión formativa. Se proyectan ciclos dedicados a movimientos como el nuevo cine alemán, el neorrealismo italiano o la Nouvelle Vague, con el objetivo de situar las películas dentro de procesos históricos y estéticos más amplios. En lugar de ver el cine solo como un lenguaje, Matías propone abordarlo como una forma de pensamiento influenciada por los contextos en que se crea. En ese sentido, el cineclub aspira a ser un espacio donde el público pueda identificar continuidades, rupturas y diálogos entre diversas corrientes.
La invitación, por el momento, es a asistir a las funciones gratuitas que se llevan a cabo dos veces al mes, con una programación que se comparte en redes sociales en @SalaCineAlmendral. En una ciudad con escasa oferta cultural, este espacio se establece como un punto de encuentro accesible no solo para la comunidad local, sino también para quienes buscan vivir la experiencia del cine en un ambiente diferente al de las grandes ciudades.
Y pasen donde José Toro a tomar chicha.